Reencarnación y «vidas pasadas».

Este es un tema que necesariamente debe ser abordado desde el punto de vista erudito y tradicional puesto que hay muchísima confusión por la simplificación que se ha dado en occidente de las doctrinas mal llamadas “reencarnacionistas”, así como lo es el Vedanta. Al igual que la mayoría de los occidentales interesados en lo esotérico, crecí con la idea de este fenómeno social que dió a llamarse: “vidas pasadas” y al ver como todo se resumía a experiencias que terminaban siendo relatos fantásticos y subjetivos, que en ningún caso gozarán de carácter trascendente, suscitó en mi la sospecha, pues todo esto irradiaba un halo sombrío que parecía tener origen en la fantasía y el egocentrismo sin más. Fue así que comencé a desenredar esta noche separando lo sutil de lo grosero y ver si existía enjundia. Hablé con representantes de la tradición Andina a este respecto, también leí a los hindúes de Tradición como el Vedanta Ananda Coomaraswamy, que afirma:
“Yo no digo que una creencia en la reencarnación no haya sido mantenida nunca en la India. Digo que una creencia tal solo puede haber resultado de una mala interpretación popular del lenguaje simbólico de los textos; y que la creencia de los eruditos y de los teosofistas modernos es el resultado de una interpretación de los textos igualmente simplista y desinformada.
El ser compuesto se deshace en el cosmos; no hay nada que pueda sobrevivir como una consciencia de ser Fulano. Los elementos de la entidad psicofísica se desintegran y pasan a otros como un legado. Esto es, en verdad, un proceso que ha estado teniendo lugar a todo lo largo de la vida de nuestro Fulano, y es un proceso que puede seguirse muy claramente en la propagación, repetidamente descrita en la tradición india como el «renacimiento del padre en y como el hijo». Fulano vive en sus descendientes directos e indirectos. Esta es la supuesta doctrina india de la «reencarnación»; es la misma que la doctrina griega de la metasomatosis y la metempsicosis; es la doctrina cristiana de nuestra preexistencia en Adán «según la substancia corporal y la virtud seminal»; y es la doctrina moderna de la «repetición de los caracteres ancestrales». Solamente el hecho de una transmisión tal de caracteres psicofísicos puede hacer inteligible lo que se llama en religión nuestra herencia del pecado original, en metafísica nuestra herencia de la ignorancia, y por el filósofo nuestra capacidad congénita para conocer en términos de sujeto y objeto.
Leyendo a este docto referente de la tradición, vemos que lo que indica armoniza perfectamente con la creencia Inca/Quechua al afirmar que: “…el «renacimiento del padre en y como el hijo». Fulano vive en sus descendientes directos e indirectos.”
Las culturas ancestrales nos indican que todo lo que somos como “Fulano” o “Mengano” es producto de la heredad genética propagada por la virtud seminal, es la sumatoria y síntesis de todos nuestros antepasados en un cuerpo renovado. Esta es una posible exegesis de: “Todo árbol se conoce por sus frutos” (Lucas 6, 43-44). Indicando que todo lo que mana de las raíces ancestrales (bajo tierra, mundo de los muertos) alimentan las partes que componen al árbol todo: tronco, ramas, hojas, flor y frutos. Toda la potencia del árbol se transfiere al fruto por y desde las raíces por intermedio del resto de los componentes y dando el «fruto» como producto final y acabado. En esto se ponen de acuerdo, los griegos, los vedantas, los místicos judíos (cabalistas), los Quechua/Incas! y todos los pueblos que comparten conocimiento «hermetico» en general. Esto hace preguntarnos: y el Alma? no es acaso inmortal?; para comprender esto, debemos entender que el alma ocupa varias dimensiones de existencia, en la tradición cabalista tenemos cinco dimensiones del alma: Nefesh (el alma animal), Ruaj Hakodesh (aliento de vida, intelecto) y la Neshamá (alma inmortal) existen dos niveles mas desde donde nace la raíz de nuestro árbol de Neshamot, pero ya seria extenderse demasiado, nos remitimos a esta ultima nombrada: Neshamá es el alma que podemos llamar “pura e inmortal” la que quedará sujeta a la rotación y desde donde se produce la transmigración de la rueda: Gilul Neshamot o en el caso de los hindúes: Samsara, rotación que se da necesariamente de no haber podido el sujeto realizar su rectificación almica durante en transcurso de su vida; pero esta chispa prístina que es el alma, para poder poseer la identidad de ser «fulanit@» necesita indefectiblemente del Ruaj y del Nefesh, esto es un entrelazamiento que se da en la unión dando el producto final en el fruto corporal, podríamos decir entones para que fulanito sea quien dice ser, son necesarios varios componentes «encadenados» y no solo es el alma inmortal. Comprendamos entonces que decir que una vida es “pasada” como individuo, es del todo falso desde el punto de vista metafísico.
La reencarnación [como se comprende corrientemente con el significando de retorno de las almas individuales a otros cuerpos aquí en la tierra] no es una doctrina ortodoxa india, sino solo una creencia popular. Así, por ejemplo, como observa el Dr. B. C. Law, “No hay que decir que el pensador budista repudia la noción de que un ego pase de una incorporación a otra”.
Hay que hacer hincapié, para terminar, en que, para un oriental, esta «creencia popular» en la reencarnación se vuelve virtualmente inocua por su herencia tradicional, que le lleva a intuir lo esencial sin enredarse en definiciones. Sin embargo, el occidental, cuya educación monoteísta le ha resguardado de estas perspectivas, es vulnerable cuando se ve expuesto a ellas, y, con sus facultades críticas y su imaginación pasional, es propenso a desviarlas en direcciones tortuosas que pueden ridiculizar aparentemente la teología y las doctrinas tradicionales relativas a los estados póstumos del ser.
“No hay ningun atributo “particular” que se reencarne”, dice el Milinda Pana; y esto basta para recordar, como se afirma en el Satapatha Brâhmana, que los muertos han partido “de una vez por todas”.
Muchas veces, para defender la teoría de la reencarnación humana suele comentarse el caso de los lamas tulku tibetanos. La idea corriente es que un lama anterior se «reencarna» en otro monje, que ya de niño reconoce los objetos del lama anterior cuando éstos le son presentados entre otros de diversa procedencia. Recordemos que estas pruebas para reconocer al sucesor de cierta personalidad espiritual eran las utilizadas para elegir al nuevo Dalai Lama (también la elección del Papa de Roma incluía métodos parecidos). Pero esto debe entenderse –las obras de Marco Pallis son lo suficientemente claras al respecto- como la nueva manifestación a través de la concreta personalidad humana de un mismo poder espiritual. Se trata pues de una influencia supraindividual que se manifiesta sucesivamente a través de distintos individuos.”
Otro gran referente René Guenón dice sobre esta particular mirada reencarnacionista moderna:
“Es curioso observar que este término de «reencarnación» se ha introducido en las traducciones de textos orientales solamente a partir de su propagación por el espiritismo y el «teosofismo» del siglo XIX”
Nota: Cuando Guenón alude al “teosofismo” se refiere a las doctrinas de la Teosofia Blavatsky.
Cada cierto tiempo es necesario sacudir la alfombra de la metafísica para que observemos el reduccionismo que se maneja hoy en día.